Y un día dejé de perseguir la luz.


Fueron muchas veces las que salí a la calle, por todas partes corrí con los ojos abiertos buscando la luz, la luz... esa energía que aclara o que oscurece, que perfila dando formas que sin ella no existirían.



La luz, esa energía casi etérea que puede emblanquinar sin matiz alguno, o romper de un haz el arco iris y crear otro de incontables colores.



Fueron muchas veces, mirando cerca o intentando alcanzar el lejano horizonte, que quise tocar la luz. Ella era visible, casi palpable, pero al igual que tu cara reflejada en una pequeña charca, al tocarla con la punta de los dedos, se desvanece en un instante.



La luz que todo lo llena, lo pequeño y diminuto, lo colosalmente inabarcable y que tozudo yo, siempre persiguiendo su cuerpo sin formas, tratando inútilmente de tocarla.




Fueron muchas veces las que salí a la calle, salí en todas direcciones intentando de atraparla, me sumergí en los mares, escalé montañas y anduve desiertos, pero no la atrapé.









Después de mucho andar, tropezar y calentarme con ella, comprendí que la luz es libre, que no se puede tocar, que no se puede embasar, que no se puede comprimir y suministrarla en píldoras.




La luz simplemente hay que mirarla, amarla, tratar de entenderla, acariciarla y ella entonces envolverá tu espacio.




Klaus dijo
Interesante reflexión, Juan Ramón, y una colección de fotos hermosísima. Menudos cielos y paisajes. Fabulosa. Un abrazo - Klaus
30 Septiembre 2009 | 11:21 AM