Un mundo de gestos sin palabras.
A la entrada del bloque de ocho vecinos en donde vivo, hay un gran árbol, que como todos los árboles va creciendo con el paso de los años. Se trata de una especie digamos que de pino que en muchas ocasiones me he propuesto de identificar, pero que después de tenerlo desde hace más de trece años como de la familia, aún no he identificado su nombre. Los que han estado en mi casa alguna vez, saben que vivo en un 2º piso y que desde la ventana de la cocina casi puedo tocar algunas ramas de ese pino del que os hablo. Los días que desayuno en casa, en la cocina y mientras tomo sorbo a sorbo la taza de café y las tostadas con aceite de oliva de costumbre, a través de la ventana, contemplo todo un jolgorio de pajarillos, que al parecer encuentran una buena dosis de alimento suculento en las pequeñas y abundantes piñas que el pino les ofrece; la cosa es extraordinaria y hasta mi madre, con esa enfermedad tan de moda llamada Alzheimer, se le ilumina la cara con el espectáculo, y pensando ella que ensimismado con mi café, estoy ajeno al mismo, me convida a mirarlo con vehementes gestos y palabras, entonces le hago notorio que no me pierdo nada del evento, al tiempo que pienso en todas las vibraciones positivas que tengo la suerte de que entren por mi ventana, todo un mundo de “gestos sin palabras” en forma de pajarillos saltimbanquis de ramas. Muchas veces he corrido a buscar mi equipo fotográfico, pero a mitad de camino me he dado media vuelta pensando, que los pájaros no son mariposas y que eso de fotografiarlos son palabras mayores que debo de dejar para los que hacen de ese arte casi una religión; pero hoy no me he resistido a ese impulso repetido en tantas ocasiones, y hasta he culminado el camino regresando con mi cámara y en ella calzado el 180mm con duplicador, que dicho sea de paso, estaban en ella montados en la mochila. Esta vez la culpa fue de una pareja de tórtolas que mientras almorzaba, me explicaron con “todo un mundo de gestos sin palabras” el significado de “como dos tortolitos”. Tan solo una filmación continua del rato que los contemplé hasta llegar a olvidar que estaba comiendo y que tenía de irme al trabajo, hubiera servido para mostrar el derroche de caricias y arrumacos, que dos pájaros son capaces de darse, y unas pocas de fotos que les tomé con mucho que desear, tan solo me servirán para recordar a los tortolitos y la transmisión de afecto que se pueden dar dos pájaros sin una sola palabra, simplemente con un derroche de gestos que transmitan un saco enorme de buenas vibraciones. 

Albert dijo
A cuanta gente le pasa la vida no digo por la ventana sino delante de sus narices y no se entera.
Somos ricos los que gozamos de lo cotidiano y de lo diminuto y seriamos multimillonarios si además dispusiésemos de nuestro tiempo.
Un abrazo compañero
9 Marzo 2007 | 06:42 PM